¿Puede la privacidad coexistir con la tecnología que lee y cambia la actividad cerebral?

Los avances están llegando rápidamente abarcando una variedad de enfoques, incluidos auriculares externos que pueden distinguir entre el hambre y el aburrimiento; electrodos implantados que traducen intenciones de hablar en palabras reales; y pulseras que usan impulsos nerviosos para escribir sin teclado.

Hoy, las personas paralizadas ya están probando interfaces cerebro-computadora, una tecnología que conecta los cerebros con el mundo digital, solo con señales cerebrales, los usuarios han podido comprar en línea, comunicarse e incluso usar un brazo protésico para beber de una taza. La capacidad de escuchar el parloteo neuronal, entenderlo y tal vez incluso modificarlo podría cambiar y mejorar la vida de las personas de maneras que van mucho más allá de los tratamientos médicos, pero estas habilidades también plantean preguntas sobre quién tiene acceso a nuestros cerebros y con qué fines.

La capacidad de extraer información directamente del cerebro, sin depender de hablar, escribir o teclear, ha sido durante mucho tiempo un objetivo para los investigadores y médicos que intentan ayudar a las personas cuyos cuerpos ya no pueden moverse ni hablar. Los electrodos implantados ya pueden registrar señales de las áreas de movimiento del cerebro, lo que permite a las personas controlar prótesis robóticas.

La tecnología que puede cambiar la actividad del cerebro ya existe hoy en día, como tratamientos médicos, estas herramientas pueden detectar y evitar un ataque en una persona con epilepsia, por ejemplo, o detener un temblor antes de que se produzca. Los investigadores están probando sistemas para el trastorno obsesivo-compulsivo, la adicción y la depresión. Pero el poder de cambiar con precisión un cerebro en funcionamiento directamente, y como resultado, el comportamiento de una persona, plantea preguntas preocupantes.

A medida que avanza la neurotecnología, los científicos, especialistas en ética, empresas y gobiernos buscan respuestas sobre cómo, o incluso si, regular la tecnología cerebral. Por ahora, esas respuestas dependen completamente de a quién se le pregunte y vienen en un contexto de tecnología cada vez más invasiva con la que nos hemos sentido sorprendentemente cómodos. Permitimos que nuestros teléfonos inteligentes controlen a dónde vamos, a qué hora nos quedamos dormidos e incluso si nos hemos lavado las manos durante 20 segundos completos. Combina esto con las migas de pan digitales que compartimos activamente sobre las dietas que probamos, los programas que comemos, los tweets que amamos, y nuestras vidas son un libro abierto.

Esos detalles son más poderosos que los datos del cerebro, tu dirección de correo electrónico, tu aplicación de notas y el historial de tu motor de búsqueda reflejan más quién eres como persona, tu identidad, que nuestros datos neuronales.

Es poco probable que la falta de claridad ética reduzca el ritmo de la fiebre neurotecnológica que se avecina, pero una consideración cuidadosa de la ética podría ayudar a dar forma a la trayectoria de lo que está por venir y ayudar a proteger lo que nos hace más humanos. ¿Tú qué opinas?

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